sábado 31 de diciembre de 2011

Que ritmo último y lento

Que ritmo último y lento/ Que costumbre de trenes/ Nieve en las coyunturas/ Lenta y dulce la muerte// Muerte en motas tan blancas/ desprendidas y leves/ Cadencia tibia y frágil/ Dulce ritmo de trenes// Se entremezclan los ritmos/ Se sobreponen trenes/ El otoño y el agua/ Quieta y dulce la muerte// He aquí que el tren se ha ido/ Túnel lento de nieve/ Los árboles caídos/ Dulcísima la muerte .

miércoles 14 de diciembre de 2011

Estar aquí

Es casi vergonzoso no tener pesadumbres. Ser tan feliz en un mundo que muere. Serlo como lo son los sauces o los pájaros. Como un lobo al alba de la noche del celo. Estoy aqui tirado debajo de la lluvia, tirado contra el cielo con las piernas abiertas sin devenir alguno, sin recuerdos ni historias, sin coartada ni planes ni objetivos ni culpas. Echado sobre el mundo sin adverbios ni huellas, con el agua en la cara como una rama verde batida por la lluvia.

sábado 10 de diciembre de 2011

Donde nacen las aguas

Yo vivo aquí donde nacen las aguas para no confundir la soledad con la tristeza .

domingo 4 de diciembre de 2011

Fernando Po

Normalmente la noche de año nuevo es una noche exaltada. Siempre he tenido la misma sensación en tales festejos, especialmente en los cumpleaños: que mitigamos el peso del transcurso del tiempo celebrándolo. Aquella noche era la última de 1999. Estábamos presenciando el arribo al año 2.000 y para todos esto era un evento extraordinario. A mí siempre me ocurre que no siento para nada estas cosas porque sospecho que los árboles del jardín no cuentan el tiempo, y que la matemáticas es la conversión forzosa de la lógica del mundo en la lógica del hombre, y que el tiempo es la conciencia de la muerte. Pero igual que nada siento, hago todo lo que puedo por no transmitir mi nada a los demás; porque sé perfectamente que su alegría, por poco sustentada que sea, es preferible con mucho a mi “no pasa nada”. Así que, aunque no grito, ni levanto las copas, ni lloro, intento solidarizarme cuando alguien dice “¡qué increìble, el dos mil!”, o “¡eso si te tengo yo: soy tan sensible!”, y me río todo lo que puedo de las bromas de los demás que, después de todo, lo mismo que yo sólo cumplen a su modo con el legítimo acto de ser lo menos desdichados posible. Esa noche estaba invitada a la fiesta la poeta texana Dorothy Jansen, una mujer de algunos setenta años, dulce e inmensa. Estaba sola en la ciudad y alguien que no fui yo la invitó a celebrar con nosotros el histórico acto del advenimiento de un siglo nuevo. Aceptó, entre otras cosas, según creo, porque había el plan de recibir el nuevo año en la iglesia; quince minutos antes de las doce de la noche, se había acordado, iríamos a pie a la iglesia cercana y sólo cuando saliéramos cenaríamos y se lanzarían los fuegos artificiales, al revés de lo que se solía hacer todos los años. Mucha gente tenía el mismo sentimiento. Esa racionalidad a la que llamamos Dios había de estar a nuestro lado para no entrar solos en el intimidatorio agujero negro del siglo XXI. Como niños que al entrar a la caverna aprietan fuerte la mano de su padre. No digo con esto, desde luego, que toda la mística siempre sea miedo. Hay alguna que no lo es. Digo que a la poeta le encantó la idea de recibir el nuevo año en un templo, por más que no fuera católica, y se vino con nosotros. Llegó a eso de las once y traía, a modo de presente, flores en una mano y una bolsa con libros en la otra. Aunque los libros eran de una organización filosófica o científica —la fe bajai, me parece que era— en la que la poeta militaba sin grandes fanatismos, a mí me trajo un libro suyo, “Africa to me”, que agradecí con un beso. Aprovechando la confusión de su generosa entrada me separé un poco y comencé a hojearlo. Lo abrí en el poema titulado “Rainy Night in Malabo” y me disponía a disfrutarlo cuando se me acercó Adelina, mi cuñada, con cara alarmada, a decirme en voz baja que acababa de ver un ratón en la cocina. Un ratón en la cocina podía significar una de estas dos ruinas: la de la reunión —porque todos los hombres se irían a ejercer su esteparia virilidad cazando al ratón— o la de la cena —porque las mujeres, incluso las del borde del siglo XXI, desde siempre sentían pavor ante los ratones y ya no podrían trabajar en paz—. Así que, viéndome a mí apartado y discreto, me dio aviso del amenazante ratón, con lo que mi esteparia virilidad se sintió halagada hasta el punto de que puse cara de “no pasa nada, déjame salir de él” y cerré el libro.
La trampa que me ofreció Adelina para atrapar el ratón era singular: un queso que lo atraía, una portezuela que se cerraba detrás de él, un conducto ascendente que el ratón subiría en su desesperación, y un recipiente con agua donde finalmente caería el ratón para ahogarse y morir. Unos quince minutos o así desde que olía el queso hasta que vislumbraba los albores de la eternidad. La armé tras la cocina, en el pasadizo que el ratón cruzaría para ir o venir del patio a la cocina, y me esperé un momento para ver cómo entraba. A doce menos cuarto entró. Pequeñito. Marrón. Sentí algo así como “faena lista” y me uní a los demás para ir a misa. Una noche preciosa. Camino de la iglesia, llevaba el libro de la poeta en la mano izquierda y a la poeta al lado derecho. Le propuse leer el poema que había suspendido por la intervención de Adelina. Aceptó encantada. Desde luego que lo óptimo hubiera sido escucharlo de sus labios, pero no se le puede pedir a una mujer como ella que camine mientras lee. Decía On a rainy night in Malabo on the old Spanish Island of Fernando Po, I slipped upon a mossy stone and fell into the arms of the one I love. El poema me trajo a la memoria al ratón. Habrá caído, pensé mientras me preparaba para la segunda estrofa. Pero no, deduje, invertirá unos siete minutos en comprender que no hay salida por abajo antes de comenzar a subir. On a rainy street in Malabo on the old Spanish Island of Fernando Po, beside the sea in a tropic breeze I found the one who was meant for me. Ya estábamos en la plaza, frente a la iglesia. La plaza estaba repleta de gente, como nunca había ocurrido. Me pregunté si la mística es o no un acto individual y me negué a fabricar dentro de mí el concepto de mística social. Eran casi las doce de la noche. El ratón habría ya subido. ¿Por qué no puede bajar por donde subió?, pensé. Y no supe la respuesta; pero Adelina sabía que necesariamente caería del otro lado, al agua. Tendrá miedo, pensé. Sudará del cansancio. Diez minutos puede haber gastado buscando la salida. Cuando comenzó la ceremonia pensé que era imposible que al cura no se le hubiera ocurrido hacer coincidir el levantamiento del cáliz con el cambio de siglo, en ese curioso y fructífero juego de la iglesia que consiste en confundir la estética con la mística. Cuando sonaron las doce campanadas comenzó la misa con el canto de un coro. “Adestes Fidelis”, cantaban. Y todo el mundo se miró al terminar la última campanada: cómplices de un hecho trascendente que con las miradas se entendían por encima de la no-terrenalidad de los ritos religiosos. La gente guardó muy bien la compostura. Por alguna razón nada fácil de explicar no se puede conversar de banalidades en medio de la misa, como si el silencio fuera necesario a la estética de la mística. A la salida, en la calle, ya en este mundo, sí que todo el mundo se abrazó maravillado y afectado de que tales abrazos ocurrieran en otro tiempo, en el futuro, en el porvenir, en la historia. Dorothy era poco dada a tales manifestaciones y aceptó sin remilgos mi invitación a regresar a casa. Beneath the palms and acacia trees, the fragance of the ginger flower, the sweetness of the frangipani made the isle a paradise where I feel in love, to my surprise. On a rainy night in Malabo on the old Spanish Island of Fernando Po, I fell into the arms of the one I love, I found the one who was meant for me, On the old Spanish Island of Fernando Po, On a rainy night in Malabo. La noche era preciosa. Dorothy se detuvo bajo un farol mientras en el aire sonaban las explosiones y se iluminaba el cielo con las luces artificiales; me tomó delicadamente el libro de la mano y leyó: On the old Spanish Island of Fernando Po, On a rainy night in Malabo. Su semblante se perdió en las suaves praderas de sus recuerdos. Seguimos caminando lentamente en medio de un dulce silencio hasta la casa. Entramos. Era el siglo XXI. El ratón habría muerto.

sábado 3 de diciembre de 2011

¿QUÉ ES UN NÚMERO?

Las respuestas a esta pregunta no son tantas ni tan acertadas como cabría esperar. Stuart Mill propone un origen empírico para los números mientras que Ayer los presenta como tautologías. Russell los define desde su teoría de las series de un modo que, coincidiendo con Ayer, convierte el número en mera tautología. Para Frege, en cambio, el número es un objeto lógico. La naturaleza de los números “naturales” debe su condición difícilmente escrutable a su extraña doble fenomenología, que se puede formular de un modo sencillo así: no son pero existen. No son en tanto que no tienen ser: vemos el símbolo de un número, la forma de escribirlo o de enunciarlo, pero nadie ha visto un número, no huelen, no pesan, no nacen, no se extinguen, no se mueven, no poseen tiempo, no devienen. Pero existen: gracias a ellos el avión no se cae, el puente se sostiene, sé cuantos pájaros cruzan el cielo y sé si me alcanza para comprar mantequilla o no. Se diría que lo mismo pasa con Dios, con la virtud o con la capital de Luxemburgo, pero, en rigor, creo que el problema del ser del número es más complejo aun que el de la Santísima Trinidad. Y lo explico: si mi vecino me dice que anoche, en medio de un ataque de tos, de fiebre o de artritis se le apareció la Santísima Trinidad y le alivió el malestar o le eliminó el dolor yo pondré cara de estupor, pensaré que a mí no me pasan esas cosas y tendré al vecino por visionario, religioso o místico. Si, en cambio, me informa que anoche vio un 17 en su casa o que hirvió para la cena un 44 o que el 63.334 lo saludó lo declararé en mis adentros loco de atar y tendré cuidado de eludir su conversación en lo sucesivo. Está mucho más cerca de la metafísica la paradoja de De Moivre o la serie de los números enteros que el Espíritu Santo o los avatares de Visnú. Yo creo, como Mill, que los números tienen un origen empírico, y, como Ayer, que son tautologías. Agrego a ello: convencionales. Son tautologías convencionales producidas desde la sensibilidad empírica. En una palabra: son conceptos. Y, como todos los conceptos, son —una tesis que a la que se opone Frege— inducciones desde la experiencia. El origen de los números es el mismo origen de los conceptos: de la plural, múltiple y tal vez caótica información que proporcionan los sentidos tanto el cerebro animal como nuestro cerebro conforma unidades pertinentes de información por repeticiones y cercanías de rasgos formando conceptos. Estos conceptos pueden ser verbales —casa, silla, mesa— o averbales —como ocurre con los sordomudos y con los animales, a niveles, desde luego, diferentes—. Pensar es unificar. Cada concepto es un conjunto unificado de apariciones o fenómenos que guardan rasgos aparicionales comunes: cuadrado, plano, descanso, etc., para silla, circular, tridimensional, etc, para pelota. La abstracción de estos rasgos conduce a la formación de unidades o conceptos. Ninguno de estos conceptos (tampoco cuadrado o plano) son trascendentales, lo cual ya lo dice todo acerca del concepto de número. Lo mismo que la Santísima Trinidad el de número ha de tener un origen dentro de este mundo; esto es, no puede ser a priori, extraterrenal, trascendente, por mucho que se refiera a acontecimientos arcanos, etéreos, celestiales o incomprensibles, so riesgo de incurrir en una inefabilidad religiosa y dogmática. Así, la acción misma de formación de un concepto supone la formación de la unidad. Separamos silla de mesa, Juan de Pedro, formando unidades lógicas que reúnen una multiplicidad de rasgos. El proceso que resulta en la fabricación de un concepto, y que conduce a la aparición de la unidad conceptual es, abstraídos los rasgos particulares, el que conduce al concepto de unidad en sí misma; no una silla, una pelota, Juan o Pedro, sino uno, en abstracto. Lo mismo que existe un origen empírico para silla o mesa, “uno” es la inducción del proceso que lleva a “una silla” sin el objeto silla. Al no referirse a silla o a Juan, esta unidad es tautológica, dado que sólo se refiere a sí misma. Un uno abstracto no está en relación con el mundo, como no sea por el hecho de que pensamos el mundo en unidades conceptuales. Contra la tesis kantiana, el resultado de las declaraciones numéricas también es tautológico: 7 + 5 = 12 no agrega al predicado nada que no esté ya en el sujeto. Se trata, por tanto de juicios analíticos y no de juicios sintéticos. Por otra parte, los números y sus operaciones suponen la existencia de una poderosa convención poco advertida. Admitimos un absurdo porque no admitirlo nos obligaría a resolver un absurdo aun mayor, y lo admitimos convencionalmente. El absurdo que admitimos es que la unidad cambie, algo que por definición es imposible. Esto, que es fácil de ver en la unidad absoluta, lo es menos en las unidades aparentemente sensoriales cotidianas. La unidad absoluta (el ápeiron de Anaximandro, el Ser de Aristóteles, el Dios hebraico, lo Uno de Plotino, la unidad tácita que se oculta tras el mundo de las ideas platónico o los conceptos trascendentales kantianos, el Tao taoísta, el Absoluto de Schelling y de Hegel, y un largo etcétera) sólo puede ser o no ser. Si no es y ese no-es no implica ontologicidad ninguna el no-ser es una declaración meramente lógica cuya propiedad elemental consiste en ser la mayor reunión conceptual posible, de lo cual, como ha sostenido Kant contra Descartes y contra San Anselmo, no se desprende necesariamente onticidad alguna y por lo tanto, dicho de un tajo, de momento no nos interesa. Si, en cambio, tiene ser, si ES, él (Dios, el Ser, lo Uno, el Tao-que-no-cambia, el Absoluto) sólo puede existir de un modo: poseyendo todo el ser, pues en cuanto deje parte de su ser a otro ser o en cuanto haya otro ser, dependiente o independiente de él, dejará de ser Uno por definición y pasará a ser dos, con lo cual la tesis unitaria se viene bajo. Más simple: si Dios es uno no hay dos, y no hay por tanto flores, ni hombres ni planetas, que es, como se sabe, la tesis de Parménides. Una resistencia débil a esta tesis se encuentra en el siguiente argumento: yo, siendo uno, tengo dos brazos y miles de cabellos; por lo tanto soy uno y varios al mismo tiempo. Desde el punto de vista teológico este argumento ha sido repugnado históricamente por panteísta, pero esto nos interesa menos que su refutación lógica: la unidad de Juan Pérez no es la unidad de Dios o del Tao, del que se supone una unidad inquebrantable, sólida, homogénea, sin parcialidades ni diferencias ni formas ni sucedáneos; en una palabra, la unidad de Juan Pérez no es una unidad absoluta. Por eso Juan Pérez puede ser uno y muchos y Dios no. Con todo, bien visto tampoco la unidad de Juan Pérez admite la multiplicidad. Sostener que Juan Pérez es a la vez uno y muchos es contradictorio. Sólo puede ser una de la dos cosas puesto que entre la unidad discreta y la multiplicidad continua no hay transito o continuidad. No hay casi tres. No hay casi uno. Hay 2.88888 o 0.9999999. La naturaleza no concibe unidades discretas sino individuos continuos imposibles de separar de la alteridad, algo que, en cambio, hace continuamente el cerebro haciéndonos creer que vemos un árbol, una hormiga, un hombre. Como “un” hombre tiene ontología creemos que el número uno la tiene también, y en eso yerra nuestro mente. La convicción de que existen unos, un uno, otro uno, otro uno, es una convención producto de que los hombres, al poseer cerebros que construyen de modo similar el mundo que les rodea, coinciden en tal convención pues de otro modo habría que repetir la palabra árbol cinco mil veces para poder significar bosque, con lo cual el mundo sería impensable e indecible. La convención no termina aquí. Vamos mucho más lejos. Teniendo la unidad tenemos toda la aritmética, puesto que cualquier número es la repetición de uno tantas veces como necesitemos reunir múltiples apariciones. Dos es uno, uno. Cinco es uno, uno, uno, uno, uno. Así, es convencional sostener que 1 + 1 hacen dos. Una afirmación tal es contradictoria, ilógica, absurda, pero la admitimos como natural porque es de esa manera como pensamos el universo (no como lo sentimos o como lo vivimos. Véase que si el pan fuera uno no podríamos romperlo en trozos, como creía Zenón, del mismo modo que no podemos romper el número uno en otros trozos que no sean más unidades. “No como panes lógicos” sostuvo Feuerbach). La siguiente interrogante es obvia: si se trata de una convención por qué el puente, que ha sido calculado aritmética y matemáticamente, no se viene abajo ante el peso de una realidad que debería ser más poderosa e imponente que una mera convención. A esto debo decir que numerosas convenciones son enormemente exitosas. He convenido en que eso es una carretera, eso otro una escuela y aquello una estufa sin que en los hechos ninguna de las tres pertenezca al sexo femenino. Si dijera, contra la convención, “la tierra acaba de completar otro giro alrededor del sol” nadie sabría que estoy diciendo que salió otra vez el sol de la mañana. El puente no se cae porque la convención aritmética con la que fue calculado es la misma convención con la que el hombre piensa al mundo y que ese modo de verlo es exitoso es evidente en el dominio con que, sin documentos de propiedad, sin legitimidad, sin un orden legal que lo autorice, el hombre se ha apoderado del mundo.

sábado 26 de noviembre de 2011

Uno o muchos universos...

Por fortuna nuestros sentidos corrigen los errores de nuestro cerebro…
Algo erróneo puede haber en la palabra universo, incluso cuando sirve para argumentar “no importa cuántos universos propongas. Siempre serán uno porque el conjunto de todos los universos posibles da como resultado un solo universo”. Que nuestro cerebro piense un universo no obliga al universo a ser uno. Es cierto que pensamos en términos de unidad. Nuestro cerebro es una máquina complejísima, pero no lo es tanto que no podamos saber cómo actúa. Y lo que hace es muy simple de decir: convierte la pluralidad de lo que entra por los sentidos en la unidad de lo pensado; esa unidad resultante es lo que llamamos conceptos o leyes. Convierte hojas y ramas en un árbol, y muchos árboles en un bosque, y muchos bosques en mundo vegetal, y los mundos vegetales en vida, y las vidas en ser, y los seres en Ser …y hasta aquí llega. No puede concebir Seres ni universos, en plural, porque Ser y universo ya tienen como condición la mayor unidad posible. Aquí comienza la paradoja y el error. Si el Ser fuera uno tendría todo el ser, como advirtió Parménides antes de que Platón naciera. Si el universo fuera uno todo otro universo sería imposible. Pero los seres son muchos y los universos pueden ser muchos, incluso si los reunimos en la unidad del concepto universo. Parménides se equivoca cuando cree que pensar y ser son lo mismo. Puedo pensar conceptos que no son. De hecho, la unidad del universo y la del Ser no son, pero tampoco son la unidad de vida o de bosque. Y hasta ahí; porque la unidad de árbol sí es. La explicación es elemental: la vida o el bosque no se protegen como individuo. El bosque no desarrolla mecanismos de defensa, no se reproduce, no posee un sistema nervioso común ni una forma de alimentarse como sistema. En una palabra, un bosque no es un individuo, una voluntad, una pulsión, un conato como diría Spinoza, un Yo como diría Fichte, sino una unidad abstracta conformada por individuos, los árboles. La vida tampoco es un individuo sino un concepto. Posee existencia lógica pero no ontológica. Vida y bosque son conceptos. En cambio árbol y hoja son sujetos. Sujetos que son conceptos, puesto que tanto la ontogénesis como la filogénesis son procesos conceptuales; con una diferencia fundamental: distinta de la filogénesis, la ontogénesis es un proceso ontoconceptual, mientras que la formación de la especie es un proceso conceptual lógico que ocurre en la mente del investigador. Visto de otra manera, la filogénesis es consecuencia de la ontogénesis; lo que viene a decir que la especie es una estrategia del individuo por sobrevivir, por seguir siendo. Pero la cercanía conceptual entre ambas es tal que no diferenciamos el concepto óntico árbol del concepto lógico bosque, y no sólo confundimos la condición ontológica del individuo con la condición lógica de la especie sino que, absurdamente, llegamos a creer, como Schopenhauer, que el individuo es parte y consecuencia de la especie. Los individuos son el resultado de una inducción genética. Las leyes y los conceptos lo son de una inducción lógica. De aquí que confundamos la sustancia segunda con la primera: la vida concepto con el sujeto particular vivo. En tanto que sujeto, el individuo no es uno sino muchos. Cada concepto puede ser uno porque su unidad es abstracta. El concepto lingüístico riqueza puede estar al lado del concepto rinoceronte sin tocarse y sin necesitarse, pero el sujeto rinoceronte no puede estar al lado del sujeto agua sin conexión ninguna. Los sujetos no son unidades. Para ser una unidad es preciso ser un concepto lógico. Pero nos parece que una piedra junto a otra piedra forman un conjunto de dos piedras. Esto no lo ve un animal porque no puede errar fabricando unidades lógicas. Es por ello que no sabe contar. Su cerebro fabrica unidades conceptuales lógicas que no superan altamente la condición subjetual del individuo. Si los perros contaran serían hombres. Así, algo erróneo debe haber en la palabra universo. Para que sea uno, al menos un uno matemático o conceptual, debe estar separado de “otro” tal como el número tres está separado de siete. No hay “casi uno”, “casi siete”, “un poquito tres”. Ni siquiera hay “llegando al tres” porque eso es 2.99999999 eternamente, como propone la paradoja de Zenón, y no “casi tres”. Los sujetos son continuos y los conceptos lógicos discretos. Si hay un universo separado de otro ya no es uno sino dos, y tres y cuatro. Pero el conjunto de esa pluralidad de universos es uno, y a esa conjunción de universos la llamamos uni-verso y vuelta a empezar. El universo seguramente no es ni uno ni muchos, si “muchos” significa “muchos unos”. Nos cuesta entender su forma y su origen porque confundimos nuestra manera de construir el mundo con la construcción del mundo mismo. Igual que creemos que Juan pertenece a la especie hombre y que de ella viene suponemos que la Luna viene de la unidad universo y a ella pertenece, logizando en una gran unidad todas las apariciones ―Luna, Marte, Alfa Centauro― que asumimos como unidades parciales, cuando podría ocurrir que el “universo” fuera un sujeto y no sólo un concepto. Pero ¿lo es? Si lo fuera no podría, por lo que decimos, serlo como totalidad. Un conjunto de sujetos no conforma, solo por serlo, otro sujeto que los agrupa. Un estadio de fútbol no es un sujeto estadio porque cincuenta mil sujetos estén gritando en él. Sigue siendo un concepto. Así, la palabra universo es un concepto que nos sirve para pensar una aparición que excede nuestra capacidad de percepción subjetual, y es, por tanto, una abstracción lógica. Siendo un concepto lógico no puede desde él originar sujetos, como una vaquera no puede fabricar vacas. Del mismo modo que un bosque es lógicamente un bosque pero ontológicamente este árbol, este otro árbol, esta piedra, este arroyo, este otro árbol (en cambio la unidad lógica árbol sí se corresponde con el individuo árbol y no con hoja, hoja, hoja, tallo, raíz, hoja….), lo que llamamos universo como individuo es en realidad el escenario en el que se interrelacionan los sujetos que en él devienen, sin que tenga por ello necesariamente una ontología propia. Sea cual sea la forma de lo que entendemos como universo y sea cual sea nuestro origen podemos sospechar que no es uno y que no provenimos de unidad alguna, aunque la certeza de que vivimos en un “multiverso”, o en un “pluriverso”, nos diga poco todavía con nuestra forma aritmética de concebir el mundo, adecuada y determinada por las adecuaciones y determinaciones de nuestros sentidos al mundo.

jueves 17 de noviembre de 2011

A VECES


A veces
extiendo la mano
para saber
si aún existe el mundo
y se me llena la mano de luna.



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